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Sin gobernanza del poder real no hay transición posible

Por: Pedro Martín Castellanos O. – Periodista EE-UU

“Porque la legitimidad civil no basta cuando el control armado y territorial sigue intacto”

La crisis venezolana no es, como suele plantearse en el debate público, un problema meramente de legitimidad política. Es, en esencia, una crisis de gobernanza del poder real. Mientras el control armado, territorial, institucional y económico continúe en manos del chavismo, cualquier intento de transición sustentado únicamente en proclamaciones civiles o reconocimientos internacionales está condenado al fracaso. En política dura, el poder no se declara: se ejerce. Y las transiciones no ocurren por razón moral, sino por control efectivo de los factores que pueden encender o apagar el conflicto.

En este escenario, los principales actores visibles del momento representan tipos distintos de poder, no fuerzas equivalentes. Delcy Rodríguez, María Corina Machado y Edmundo González encarnan tres dimensiones diferentes del conflicto venezolano: el poder operativo, la legitimidad movilizadora y la representación institucional sin control efectivo.

Delcy Rodríguez no es simplemente una figura del oficialismo; es una operadora central del poder real. Su relevancia no proviene de su popularidad ni de su discurso, sino de su capacidad para articular Estado, coerción, economía y relaciones internacionales. Representa la continuidad del control institucional y la racionalidad interna del chavismo gobernante: administrar sanciones, sostener alianzas, disciplinar estructuras y garantizar que el poder armado y burocrático permanezca alineado. Desde la lógica de la gobernanza, Delcy Rodríguez simboliza aquello que decide si una transición es posible o no: el control efectivo del sistema.

María Corina Machado, en contraste, encarna la legitimidad política y moral de una parte significativa de la sociedad venezolana. Su liderazgo se basa en la movilización ciudadana, la claridad discursiva y la confrontación directa con el poder autoritario. Sin embargo, su fortaleza también revela el límite estructural de la oposición: posee respaldo popular, pero no controla instituciones, territorio ni fuerza coercitiva. Desde una lectura de gobernanza, María Corina representa una verdad incómoda pero necesaria: la legitimidad sin poder real no gobierna. Puede condicionar el discurso, elevar el costo político del régimen y mantener viva la expectativa de cambio, pero no ejecutar una transición por sí sola.

Edmundo González, por su parte, simboliza la legitimidad formal e institucional reconocida por sectores de la comunidad internacional. Su figura encarna la legalidad electoral y el principio republicano, pero carece de control operativo dentro del país. Su situación ilustra uno de los errores más recurrentes en las crisis políticas contemporáneas: confundir reconocimiento externo con capacidad interna de gobernanza. Sin aparato estatal, sin control territorial y sin capacidad coercitiva, su rol queda atrapado en el plano simbólico, más cercano a la representación que al ejercicio real del poder.

El problema central no es la ausencia de figuras legítimas, sino la desconexión entre legitimidad y control. El chavismo, a pesar de su desgaste, conserva el monopolio de la fuerza, la administración del miedo, los resortes económicos clave y la arquitectura institucional. Mientras esa estructura no sea reordenada, desmantelada o negociada, la transición seguirá siendo una aspiración, no un proceso.

Aquí emerge otro tabú del debate venezolano: la negociación. Se ha presentado como traición cuando, en realidad, es una constante histórica en todas las transiciones complejas. No se negocia con quien tiene razón moral, sino con quien tiene capacidad de bloquear o permitir el cambio. Negociar no implica legitimar éticamente al adversario; implica reconocer dónde reside el poder efectivo. Negarse a hacerlo no es valentía política, es ingenuidad estratégica.

La consecuencia de ignorar esta realidad ha sido un ciclo repetido de expectativas infladas y frustraciones colectivas. Cada proclamación sin control, cada reconocimiento sin gobernanza profundiza el desgaste ciudadano y debilita cualquier proyecto serio de reconstrucción institucional.

Venezuela no es una excepción histórica. Es un caso paradigmático para América Latina y África, donde la fragilidad estatal, los poderes armados paralelos y las economías informales condicionan la política. La lección es clara: sin gobernanza del poder real no hay democracia funcional, y sin control efectivo no existen transiciones, solo relatos.

El país no necesita más gestos simbólicos ni más discursos épicos. Necesita una lectura honesta del poder, una estrategia de gobernanza capaz de reordenarlo y liderazgos dispuestos a asumir verdades incómodas. Mientras se siga confundiendo legitimidad con control, la transición seguirá siendo una promesa repetida y una frustración permanente.

Porque, en política dura, “Sin gobernanza del poder real no hay transición posible”.

EL PAPEL DE ESTADOS UNIDOS Y EL SILENCIO DE LOS ALIADOS DE MADURO

Estados Unidos ha actuado en el caso venezolano con una lógica constante, aunque incómoda para muchos: contención del conflicto, no liberación del país. Washington nunca ha apostado por una ruptura abrupta del poder chavista, sino por administrarlo, presionarlo y dosificarlo en función de sus propios intereses estratégicos: estabilidad regional, control migratorio, seguridad energética y contención de actores extra hemisféricos.

Desde esta perspectiva, Estados Unidos no busca una transición ideal, sino una transición gobernable. Por eso ha privilegiado sanciones selectivas, negociaciones indirectas y salidas graduales antes que escenarios de colapso total. En términos de gobernanza, su objetivo no ha sido reemplazar el poder real, sino reordenarlo sin incendiar la región. Venezuela ha sido tratada más como un problema de gestión geopolítica que como una causa democrática.

Más revelador aún ha sido el comportamiento de los llamados aliados estratégicos del régimen: Rusia, China, Irán, Corea del Norte y Cuba. Lejos de actuar como un bloque monolítico de respaldo ideológico, estos actores han demostrado que su relación con Venezuela es instrumental, no emocional.

Rusia ha utilizado a Venezuela como ficha de presión frente a Estados Unidos y Europa, no como una prioridad vital. En un contexto de guerra prolongada y sanciones severas, Moscú no tiene ni el interés ni la capacidad de sostener un conflicto adicional de alto costo en América Latina. Su apoyo ha sido retórico y táctico, no decisivo.

China, por su parte, ha operado con una lógica estrictamente pragmática. Su interés central siempre ha sido económico y financiero. Ante un Estado venezolano colapsado, sin garantías jurídicas ni capacidad real de pago, Pekín optó por replegarse silenciosamente, priorizando la estabilidad de sus inversiones globales antes que la defensa de un aliado fallido.

Corea del Norte e Irán representan apoyos simbólicos y de cooperación limitada, incapaces de alterar el equilibrio real del poder. Su margen de acción es reducido y su prioridad es la supervivencia propia, no la de terceros.

Cuba merece una mención aparte. La isla ha sido el aliado más orgánico del chavismo, pero también el más dependiente. Su influencia se ha concentrado en inteligencia y control social, no en sostener una confrontación internacional. Cuba necesita que Venezuela no colapse, pero no tiene la capacidad de evitar una reconfiguración del poder si esta es tolerada por los grandes actores.

En este contexto, la captura, secuestro o eventual neutralización de Nicolás Maduro no puede leerse como una traición, sino como una consecuencia lógica del sistema internacional. Los aliados no protegen personas; protegen intereses. Cuando un liderazgo deja de ser funcional, se vuelve prescindible. En política real, nadie cae por falta de lealtad externa, sino por pérdida de utilidad estratégica. La gran lección es dura, pero clara: Venezuela nunca estuvo “protegida” por sus aliados, sino administrada mientras fue útil. Cuando el costo superó el beneficio, el respaldo se diluyó

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