México al borde del colapso verde
Por. Filiberto Cruz Monroy
“La selva que arde y el aire que asfixia”, la realidad que se vive hoy en México”
En los últimos años, México ha sido testigo de un drama ambiental de dimensiones inéditas. Entre 2019 y 2023, Campeche, Quintana Roo, Yucatán, Chiapas, Veracruz y Oaxaca perdieron 285,580 hectáreas de selvas tropicales: Campeche declinó en 32,015 hectáreas, Quintana Roo en 22,458 y Chiapas en 22,327 ha. Para ponerlo en contexto, esa área equivale a 400 mil campos de fútbol destruidos por la expansión agrícola, megaproyectos como el Tren Maya y la tala ilegal.
Al norte, el “oasis” industrial de Monterrey y Guadalajara respira aire más tóxico que el de Chernóbil tras un accidente: la UNAM calcula que el 92% de los mexicanos urbanos inhala cada día aire contaminado. En la megaregión CDMX–Edomex, apenas hubo 55 días de “aire bueno” en 2023; el resto del año estuvo encriptado bajo smog y partículas PM
Y mientras algunos peregrinan por aire limpio, otras comunidades sufren silenciosas intoxicaciones: Sonora, Coahuila, Sinaloa, Michoacán y Oaxaca aparecen como los “infiernos industriales” de la minería a cielo abierto. Metales pesados como plomo y arsénico flotan en el aire y circulan en la sangre de sus pobladores, disparando cánceres y enfermedades renales.
¿Qué revela este mapa de devastación?
Deforestación decreciente, pero persistente.
La Comisión Nacional Forestal registró 226,581 hectáreas deforestadas en 2019, 174,190 hectáreas en 2020 y 167, 811 en 2021. Sin embargo, Global Forest Watch estima 256 mil hectáreas en 2021 y 226 mil en 2023. México está lejos de cumplir su meta de “cero deforestación neta” para 2030.
Calidad del aire: una guerra perdida
La Ciudad de México y tres de sus vecinas industriales superan los límites de ozono y PM hasta 200% por encima de lo permitido. Monterrey, con un millón de vehículos nuevos cada año, se convierte en un nuevo “smogódromo”.
Agua envenenada y seca
Por si fuera poco, solo 80.8% de los municipios de México contaba con drenaje hasta 2020, lo que deja el 60% del agua potable expuesto a descargas sin tratar. La cuenca Lerma–Chapala y la costa del Golfo exhiben niveles tóxicos de nutrientes y metales, devastando ecosistemas y la salud humana.
Biodiversidad al borde del precipicio
Más del 50% de las especies de anfibios y numerosos microendemismos en Chiapas y Oaxaca están en peligro crítico. Cada hectárea destruida borra un pedazo irreemplazable de nuestro patrimonio natural.
Urbanización voraz
El 73.5% de los mexicanos vive en ciudades que consumen 17,884 km² de suelo urbano. El Valle de México, con 21.8 millones de habitantes, necesita el triple de agua que hace una década, pese a que el sistema Cutzamala opera al 27% de su capacidad.
Frente a esta realidad, resulta inaceptable el desdén oficial: los megaproyectos se justifican por el “desarrollo”, pero ¿a qué precio? ¿Vale más un Tren Maya que el aire que respiramos y los peces de nuestros ríos? ¿Importa más una pista aérea en Tulum que la vida de un jaguar o un ajolote?
México está condenado a elegir: seguir destruyendo para obtener ganancias a corto plazo o reconciliarse con la naturaleza que sustenta la economía y la salud pública. No se trata de detener todo crecimiento, sino de replantear un modelo que oferta “progreso” mediante paisajes arrasados. La polémica está servida: si acaso 2025 no marca el pico del desastre, ¿Cuándo lo hará? Y si no actuamos ahora, tal vez sea demasiado tarde para reclamar un país saludable»
